No se sabe cuánto tiempo estará Lionel Scaloni al frente de la Selección. Pero lo que sí está claro es que en su primera convocatoria hizo, por motu proprio o por pedido de la dirigencia, lo que debió haber empezado a producirse apenas terminado el Mundial de Brasil 2014, tras la final perdida a manos de Alemania en el Maracaná, con esa puñalada de Mario Gotze en tiempo suplementario. Llegó la esperada y necesaria renovación. Esa que nunca se plasmó hasta ahora. Esa que no se animaron a hacer Gerardo Martino (en menor medida), Edgardo Bauza y Jorge Sampaoli.

No está Lionel Messi, quien decidió tomarse un descanso al menos por lo que resta del año. No se los ve a Javier Mascherano y Lucas Biglia, que colgaron los botines celestes y blancos una vez que Francia acabó con el frágil sueño de hacer historia grande en la tierra de Vladimir Putin. Pero tampoco asoman Gonzalo Higuaín, Sergio Agüero y Ángel Di María, cracks en sus clubes, aunque de escaso aporte con la Selección.

Sus ausencias marcan un quiebre, más allá de que la gira por Estados Unidos, con duelos contra Guatemala y Colombia en Los Ángeles y New Jersey, esté lejos de ser un examen trascendental. Esta será la nueva Argentina, con sangre nueva, con llena de ilusiones y sin finales perdidas, con el único sueño de llegar a Qatar para buscar levantar la copa del mundo.

 

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